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Reseñas, comentarios, revelaciones, profecías

¿Por qué es importante crear belleza en todo?

Alan Moore


Siempre me han fascinado las cosas bellas: la arquitectura, los muebles, los libros. Las cosas bellas se preparan con amor. El acto de crear algo bello es una manera de aportar el bien al mundo. Es un hecho lleno de optimismo que, de una manera sencilla, nos dice: la vida vale la pena.

 El esfuerzo por crear una belleza duradera no depende del estilo, sino de la verdad. La belleza es lo que confiere inmortalidad a las cosas.

Estos objetos sobreviven a sus creadores. Son un regalo que ofrecen al mundo. La belleza es resiliente, afirma la vida, la retroalimenta.

Todos nacemos creativos de manera inherente. Todos tenemos la capacidad de aportar cosas bellas a este mundo y no deberíamos disculparnos por querer crearlas, no importa lo que sean.

Puedes hacerte esta sencilla pregunta: ¿quiero una comida bella o aburrida? ¿Una relación bella o fea? ¿Una vida bella u ordinaria? ¿Crear, o trabajar, en una empresa, producto o servicio extraordinario o mediocre? Por supuesto, existe un abanico dentro de lo que denominamos belleza, pero, en última instancia, lo cierto es que las cosas bellas perduran.

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En: Diseña / Por qué la belleza es esencial para todo. Ediciones Koan: 2021
Imagen: Psique reanimada por el beso del amor, Antonio Canova


Amor y exilio [fragmento]

Isaac B. Singer


Salí a pasear por la calle Franciszkanska y nos pusimos a mirar a mirar los escaparates de las librerías especializadas en libros sagrados. Casi todas se encontraban desiertas. La Torá había dejado de estar de moda. ¿Quién necesitaba tantos comentarios, interpretaciones, exégesis, libros de sermones y de moral? ¿Quién necesitaba explicaciones sobre las interrogantes que le plantearon a Rashi los tosafistas? Además, ya los habían contestado otros autores. Mi padre era plenamente consciente de que sus hijos, Israel Yehoshúa y yo, habían acabado involucrándose en la literatura laica. Mi hermano había publicado varios libros y mi nombre también había aparecido en ocasiones en alguna revista literaria o incluso en el periódico. No obstante, mi padre no hablaba del tema, y creo que ni siquiera se permitía pensar en ello. Según él, todos los libros del pensamiento ilustrado, tanto los escritos en hebrero como en yiddish, constituían un veneno para el alma. Los autores eran una banda de payasos libertinos y sinvergüenzas. ¡Qué oprobio y qué vejación sentía por haber engendrado semejante descendencia! Mi padre culpaba de ello a mi madre, la hija de un misnaguid, un oponente del jasidismo. Ella era quien había plantado en nosotros la semilla de la duda y la apostasía. Solo un consuelo le quedaba a mi padre: que no habíamos crecido ignorantes. Habíamos estudiado la Torá, y cualquiera que haya probado alguna vez el sabor de la Torá, jamás olvidará que Dios existe.


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Traducción de Rhoda Henelde Abecassis y Jacob Abecassis

El casino

Villanueva Lorenzo

Pero, ¿quién nos había traicionado?

De fondo sonaba una canción del grupo Guinda. Tomaré para olvidar… porque sé que tú jamás volverás… Devuélveme el amor, devuélveme los besos… besos que me robaste con tus mentiras, con tus mentiras...

Me encontraba en una cantina, pensando. Algunos hombres llegaban cansados de salir de la fábrica, otros por penas del alma. Era la mejor manera de seguir felices en la vida.

Acá está, Lulo, tome, son 8 soles, dijo el hombre que atendía y me entregó una cerveza y un vaso. 

Fue María, estoy seguro. Mi único error fue siempre confiar, y mi debilidad me hizo ciego a su estrategia contra mi banda. Mi gente pasó toda la madrugada despierta antes del atraco. Habíamos planeando robar el casino, lo que nos dejaría dinero para vivir tranquilos por un tiempo.

Reuní a las personas indicadas para este trabajo.

Las calles, los robos, las pintas de Los Latinos, las mujeres, la droga – me inspiraban a cometer otra vez un delito. Necesitaba secuaces que fuesen fríos y no cabros, porque no habría marcha atrás cuando se tuviera que disparar.

Maleado acababa de salir de la cárcel, acusado de comercializar droga. Estuvo unos meses. Dentro de las mazmorras había aprendido de sus compañeros presidiarios diversas artimañas para extorsionar a empresarios. También conoció a los líderes de otras bandas, para no chocar con ellos y calculando  contactarlos en libertad. Tenía en mente planes de robos organizados con la gente del Callao. Maleado era impulsivo desde niño, actuaba a reacción. Cuando le daban una orden la acataba sin pensar, para no tener ningún remordimiento fumaba pasta básica y así entraba a robar, decidido a todo.

Junto a él estaba Perro, amigo de Maleado. Él estaba enfermo pero vivía así, haciendo daño. Siempre se encontraba callado, tan solo observaba. Le gustaba violar gais de la avenida Arequipa, era su pasatiempo.

También había pensado en María. Sabía que tenía ganas de salir de la pobreza en la que había crecido. Sería ella quien verificaría el casino. En la descripción que dio había dos agentes de seguridad en la puerta, cantidad de personal, cambios de turno. Fue precisa. Dijo también la ubicación exacta de las cámaras de seguridad y dónde se encontraba el dinero.

Al culminar el robo nos ocultaríamos y no saldríamos de nuestras casas.

De inmediato se pensó en el plan A. Entraríamos todos enmascarados con rostros de presidentes, cada uno con una pistola. En el momento del cambio de personal, reduciríamos a los de seguridad y los enmarrocaríamos. Se amenazaría a todos para que cooperen y se les golpearía para que accedan. Si algo fallaba por algún motivo, se pasaría al plan B.

Había mucha gente afuera, como nunca. La seguridad hacía su turno de vigilancia. Antes de entrar me persigné, miré al cielo. Siguieron mi orden. Cada uno sacó su pistola. Maleado tenía la máscara de Fujimori, Perro, la de Alan García, y yo, la de Toledo.

Las personas jugaban adentro, unos ganaban, otros perdían, como en la vida. Apuntamos a los de seguridad y ordené que los llevaran dentro del baño.

¡Agáchense, conchasumare!, ¡que nadie voltee, que nadie voltee!, gritó Maleado apuntando hacia las cabezas de los clientes. La gente obedecía nerviosa, se ubicaban donde les ordenaba. 

Alguien nos había traicionado, sonó la alarma. Era el momento de pasar al plan B. Di la orden. Perro comenzó a disparar y llegó donde se encontraba el dinero. Maleado golpeó a un hombre que se pasaba de listo intentando hacer una llamada. Su esposa, nerviosa, le arañó el rostro. La mujer tenía a su hijo en brazos. Perro sacó un cuchillo y se lo clavó varias veces en la cabeza. Maleado recogió al bebé y se lo dio a la madre.

Salimos y nos dirigimos al station wagon con nuestras armas. Mientras dejábamos el lugar, las personas que estaban alrededor gritaban. ¡Se han robado el dinero!¡se llevaron todo!, se escuchaba a una mujer. ¡Se lo llevaron Fujimori, Alan y Toledo!

Perro apuntaba con su arma, la recargó. Sacaba las balas de su casaca.

Bocanegra se encontraba en silencio. Las luces de los postes de la calle estaban apagadas, no se distinguía bien. Esperaron que descendiéramos del auto y lo estacionemos. Salieron a nuestro encuentro.

La patrulla de policía estaba estacionada en la esquina donde nos reuníamos desde pequeños.

De repente se escuchó el parlante del carro del oficial Ulloa. ¡Están rodeados! ¡Corre, corre!, gritó Perro. No había salida. Intentamos correr. ¡Quietos ahí!, gritó una voz. Segundos después nos rodearon sus hombres. ¡Quédense quietos, carajo!, gritó un policía apuntándonos. Perro salió del carro y comenzó a disparar. Los policías se separaron para cogernos.

¡Carajo, saca el plomo!, le gritaba Perro a Maleado. Los efectos de la pasta básica habían desaparecido. Intentó una, dos, tres veces.

Hacía frío esa noche, la neblina había cubierto las calles.

¡Dispérsense!, gritaba uno de los hombres en la oscuridad. Habían disparado a Maleado en la pierna y se estaba desangrando. Yo había matado a un policía. Las balas pasaban junto a las cabezas. No paraban de correr.

Perro gritaba desesperado. Su cuerpo estaba en el suelo con disparos en el pecho. Los perros de la calle comenzaron a ladrar y aullar.

Hubo un silencio sepulcral.

Todo se fue a la mierda, pero no el plan C, que era matar a Ulloa.

Encontré a María en el cuarto donde nos escondíamos, desnuda, como si no hubiera pasado nada ese día. ¿Pero qué le podía decir, si ella me hacía sentir lleno en esta vida vacía, y las fotos de sus difuntos parecían salir del altar y pasear en la noche por el cuarto para protegernos?


Le pendu

Alhelí Málaga

Dudas. Muchas dudas. Mucho buscarse en los reflejos. ¿Esto era? ¿De esto se trataba? Otro check a otro ítem de la lista, otra postulación, otro rechazo. El reflejo en el vidrio del armario devuelve una figura encogida, a contraluz no puedes verlo pero bien lo sabes, la papada en caída, las arrugas. Muchas, demasiadas, de verdad demasidas canas. Serán las toxinas de la comida procesada o simplemente el tiempo, el tiempo que sacude las cortinas, besa las hojas de los bonsáis casi marchitos. Volteas hacia la ventana. Hay un hombre encaramado sobre el techo vecino, debe estar arreglando alguna teja. Tiene guantes de latex y gafas de seguridad, pero nada le protege la nuca del sol inclemente. Su perfil resalta, pues tiene detrás el cielo claro, sin nubes. El azul tiene un tono petróleo, lo buscas en Wikipedia, revisas las muestras de colores para dar con la descripción exacta. El hombre levanta una espátula, googleas "herramientas de albañil" y comparas imágenes para dar un nombre adecuado a lo que viste. No tiene ningún arnés, ningún casco, pasea despreocupado, a diez metros de la acera. No quieres verlo, no quieres que suceda. Quedarse atrapado, cabeza abajo, un pie apuntando al cielo, del que no vendrá ningún rescate. Googleas "figuras de tarot" para encontrar su imagen y su nombre que alguna vez leíste en una novela de inicios del siglo pasado, siglo en el que naciste, siglo al que no hay regreso, porque nunca se regresa a la infancia, ni a nada. Colgado entre el suelo y cielo, petrificado, atravesando el aire como bloque de cemento. Colgado pero tranquilo, colgado pero contento, aspirando el polen, sabiendo que ya no podrá estornudar.

Art is a gun

Manuel Talens

El cuento final, primorosamente escrito, encandiló al muchacho. Él fue uno de los pocos que lo leyeron, pues la edición solo constaba de unas docenas de ejemplares, mecanografiados por un grupo de poetas jóvenes y novelistas de Rosario, su ciudad. Trataba de un campesino que se negó a ser soplón y a traicionar a sus camaradas de clase. El hacendado, vengativo, respondía dejándolo sin trabajo.

Las oraciones sinuosas, el verbo certero, los adjetivos sugerentes y algunas metáforas que adornaban el texto le parecieron lo más bonito que había leído en su vida, pero la característica que más le impresiono fue el final abierto, que permitía soñar, en el que los ojos del campesino se quedaban mirando fijamente al hacendado, con una determinación inapelable.
Muchos años después, aquel muchacho cayo combatiendo en la selva boliviana. Los soldados del ejército enemigo encontraron junto a su diario unas hojas desgastadas. El cuento se llamaba Venceremos.


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En: Rueda del Tiempo, Coleccion Andanzas de Tusquets Editores, Barcelona, 2001, p. 91

Sinceridad y poesía

Miguel Gil Castro

[9.11.2023]

Como cristiano acunado al abrigo de la Teología de la liberación todavía me siento en deuda, mejor dicho: responsable en parte, por quienes desde espacios precarizados, violentos y marginales cometen delitos y comparten conmigo el marco político, económico, social, etc. Por eso cuando me propusieron ser jurado de un concurso literario para jóvenes reclusos, organizado por el Programa Nacional de Centros Juveniles del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos, dije que sí encantado. Dije que sí aunque la propuesta requería que trabajase a una velocidad extraordinaria para poder calificar (qué feo verbo) los textos poéticos y narrativos en muy poco tiempo. Dije que sí y no me arrepiento. 


No fueron días sencillos. Además de realizar mi trabajo, dictaba un taller de poesía en formato virtual para principiantes y mi mayor reto no era que los jóvenes poetas entendieran los ejemplos o realizaran los ejercicios. Mi mayor reto era lograr que sus versos fueran sinceros. Que sus poemas fueran “reales” como dicen los raperos. 

Las madrugadas que dediqué a la lectura de los textos concursantes las disfruté mucho. No da igual dormir ocho horas sabiendo que tus días son idénticos, que dormir cinco o seis sintiendo que tienes un propósito. Esas madrugadas me sirvieron para entender que los jóvenes reclusos no padecían dos males que aquejan a muchos poetas principiantes: 

-Vergüenza por mostrarse vulnerables, imperfectos, heridos, desolados. 
-Vanidad para demostrar al primer intento una obra maestra propia de un genio. 

Algunos poetas del taller se esmeraban por mostrarse audaces, encantadores y atrevidos en cada uno de los ejercicios, ocultaban sus heridas y escondían sus voces imitando las de sus ídolos. Desde allí el resultado más probable es un conjunto de poemas aceptables técnicamente, pero huérfanos de duende. Arte que no toca, no agita, no compromete, no emociona, no hiere, no conecta, no te hace sentir acompañado, consolado, comprendido. 

Los poemas más potentes de ese taller fueron escritos (lo supe después) casi desde el llanto y eran leídos con temblor en la voz y con miedo a prender la cámara. Esos son los imprescindibles. 

Durante semanas sostuve con algo de duda que si bien la técnica (manejo de figuras retóricas, manipular el ritmo del poema, utilizar el espacio de la página, respirar, etc.) se puede aprender y enseñar, abandonar la vanidad y escribir sin que la vergüenza impida una voz sincera es algo que se debe alcanzar por uno mismo. Siguiendo el ejemplo de amigos más experimentados o (si no se tiene la maravillosa fortuna de rodearse de personas que admira) el ejemplo que habita los libros, teniendo presente el consejo de Basho: no seguir las huellas de los maestros, buscar lo que ellos buscaron. 
 
Hoy recordé estos versos de una canción de Manuelcha Prado, que escuché por primera vez en la voz de Margot Palomino: “Venga el pintor y su ideal/venga el poeta marginal/vengan hombres con sus quenas, pensador ven con tus canas” y me pregunté hasta qué punto se puede reconstruir a un país desde sus márgenes. Lo averiguaremos.

La belleza

[fragmentos de Eres bella y brutal]

Rebeca Tabales

 

La belleza A es una belleza limpia, rosa, decente. Su hora del día es la mañana, su sabor el dulce, que gusta a los recién nacidos. La primera belleza que se puede reconocer, apta para menores, franca. Puede empalagar, pero nunca miente; ya avisaba desde el principio de su dulzor aburrido. Es la belleza de los cachorros, las flores abiertas, los campos a la luz del mediodía, el olor de la colonia, la bailarina dando vueltas en su cajita de música.


La belleza E es la belleza que sólo algunos ojos pueden detectar. Pasada de moda o futurista. Demasiado cotidiana o demasiado exótica para ser reconocida en un primer golpe de vista. Es una belleza que se infiltra en la voluntad secretamente.


La belleza I es la belleza de lo llamativo. Pavos reales, monos albinos, tartas de boda y adornos tribales. Su sabor es el picante. Es una belleza difícil de ignorar por los sentidos, pero el corazón previene contra ella.


La belleza O es la que guarda un misterio. Hay que mirarla con unos ojos que están en las tripas. Hay que hacer un pacto con los sentidos. Es la belleza de la contradicción. El murciélago, animal del aire y de lo subterráneo, ciego, como Plutón. La serpiente, unas veces el mal, otras, la sabiduría; símbolo de la medicina y la curación.


La belleza U es la que por hábito o piedad se encuentra en lo mediocre o en lo sencillamente feo. Todo objeto compite por el amor de los ojos del mundo, y cada uno tiene su recurso. Los objetos con belleza A, su luz, los objetos con belleza E, su sombra. Los I, su estrépito. Los O, su resistencia. Hay otros objetos que no luchan, sino que piden auxilio. Los perros salchicha, con sus grandes ojos. Los niños pobres, con sus grandes ojos, el tío feo a quien no quiere nadie, con sus grandes ojos. Las causas perdidas.

Lecciones de poesía con MLB. Pt. 2

[4.9.2023]


  1. En el poema las palabras no son sólo ellas mismas. Crean un aura, influyen una sobre otra, irradian sobre sí, crean cierto estado de ánimo. Esta acumulación de significados, conseguida gracias a la yuxtaposición, nos lleva desde una sintaxis de la consecuencia hacia una sintaxis de la adyacencia. 
  2. La yuxtaposición es un medio adecuado para nuestros tiempos fragmentados. Sin embargo, hay que evitar la tentación de yuxtaponer cualquier cosa con cualquier otra cosa. La pura arbitrariedad lleva a efectos artísticos poco interesantes. 
  3.  Un buen texto es más inteligente que su autor. 
  4.  El texto debe ser para la vista, para el oído y para el intelecto. 
  5.  Cada desviación de la norma está cargada de significado. No debemos cambiar el orden habitual de las palabras porque sí. Pensemos a la poesía como en el ajedrez – al decidir cuál será mi próxima jugada, debo considerar también cuál será la jugada de mi contendiente. En este caso, estoy jugando con el lector, debo entonces considerar sus maneras de interpretación. 
  6. La morfología de la palabra también genera un aura y se abre a asociaciones - también aquellas que no habíamos anticipado. 
  7.  Todo artista se enfrenta al desafío de comprender su propia estructura mental y orientar sus acciones de acuerdo a ella. 
  8.  Existe la economía del regalo, de la generosidad. Vale la pena practicarla, pero sin dejar que se aprovechen de uno. El trabajo creativo también es trabajo.
  9. Es nuestro deber experimentar. Puede ser que sientas que aciertas, que das en el blanco, o que no le das. Pero si siempre das en el mismo blanco, o te pierdes a sus costados, tal vez sea momento de explorar otros territorios. Mantener una actitud curiosa, de investigador, teniendo en cuenta que el resultado del experimento puede ser insatisfactorio. 
  10. En el caso de la poesía, el investigador es parte del fenómeno observado. No hay texto sin contexto. Es poco probable que evitar influencias sea viable. Debemos en algún momento participar en un agón o batalla con nuestros predecesores. 
  11. Ver al lenguaje no como cadenas, sino como océano. Cada nueva frase, cada oración que emitimos, es única e individual. Con cada palabra que escogemos, nos sumamos a este océano, a esta sopa en la que están ya participando Miłosz, Safo y Homero. No sentirnos cohibidos, tampoco copiar acríticamente. Agregar sal a esta sopa que nos antecede y verterla en nuestro propio plato. 
  12. Es conveniente que el poema sea sobre algo. 
  13. En nuestro oficio, lo más importante es el cómo. 
  14. Ritmo, pulsación, concentración semántica: no tiene por qué haber una misma intensidad en todo el poema. La repetición ayuda al ritmo. Evaluar en qué partes el poema requiere densidad y en cuáles rarefacción. 
  15. El poema como apertura a algo más allá de uno mismo. (Esto se logra gracias al ritmo.) 
  16. Libertad, pero también responsabilidad. 
  17. La poesía y los slogans políticos no se llevan bien. Dicho esto, es válida la existencia del poema utilitario, el poema herramienta, que no siempre es muy artístico. 
  18. No somos sopa de tomate para gustar a todos. 
  19. Están permitidas todas las formas gramaticales, además es necesario crear formas nuevas. 
  20. La ironía es el arma de los débiles. 
  21. Los mensajes sencillos no son malos. Tienen un gran poder y son muy difíciles de articular, aunque parezcan fáciles. 
  22. El poeta debe saber. 
  23. Selección, selección, selección. 
  24. Lo importante es el efecto, no la intención. 
  25. Los poemas que nos salieron bien ya no nos pertenecen. 
  26. No tener miedo al rídiculo. 
  27. La rima lleva al autor a donde nunca pensó que llegaría. 
  28. La constricción puede ser también liberadora. 
  29. Controlar (a veces) y (a veces) soltar el control. 


Las reflexiones citadas son fruto de la discusión de textos compartidos por Jakub Grabiak, Kacper Uss, Alicja Bagińska, Kamil Hyszka, Beata Rokosz, Maria Czekańska, Maciej Skalik y Alhelí Málaga, en el marco de los Talleres Literarios de Verano facilitados por el poeta Miłosz Biedrzycki/MLB.

Sensini [fragmento]

Roberto Bolaño

Así pues, el Ayuntamiento de Alcoy no tardó en enviarme su dirección, vivía en Madrid, y una noche, después de cenar o comer o merendar, le escribí una larga carta en donde hablaba de ligarte, de los otros cuentos suyos que había leído en revistas, de mí, de mi casa en las afueras de Girona, del concurso literario (me reía del ganador), de la situación política chilena y argentina (todavía estaban bien establecidas ambas dictaduras), de los cuentos de Walsh (que era el otro a quien más quería junto con Sensini), de la vida en España y de la vida en general. Contra lo que esperaba, recibí una carta suya apenas una semana después. Comenzaba dándome las gracias por la mía, decía que en efecto el Ayuntamiento de Alcoy también le había enviado a él el libro con los cuentos galardonados pero que, al contrario que yo, él no había encontrado tiempo (aunque después, cuando volvía de forma sesgada sobre el mismo tema, decía que no había encontrado ánimo suficiente) para repasar el relato ganador y los accésits, aunque en estos días se había leído el mío y lo había encontrado de calidad, «un cuento de primer orden», decía, conservo la carta, y al mismo tiempo me instaba a perseverar, pero no, como al principio entendí, a perseverar en la escritura sino a perseverar en los concursos, algo que él, me aseguraba, también haría. Acto seguido pasaba a preguntarme por los certámenes literarios que se «avizoraban en el horizonte», encomiándome que apenas supiera de uno se lo hiciera saber en el acto. En contrapartida me adjuntaba las señas de dos concursos de relatos, uno en Plasencia y el otro en Écija, de 25.000 y 30.000 pesetas respectivamente, cuyas bases según pude comprobar más tarde extraía de periódicos y revistas madrileñas cuya sola existencia era un crimen o un milagro, depende. Ambos concursos aún estaban a mi alcance y Sensini terminaba su carta de manera más bien entusiasta, como si ambos estuviéramos en la línea de salida de una carrera interminable, amén de dura y sin sentido. «Valor y a trabajar», decía.

Lecciones de poesía con MLB. Pt. 1

[30.8.2023]


  1. Abstenerse de escribir.  Dejar pasar. Esperar – para poder atisbar, canalizar, dar espacio a lo que está debajo de la superficie. 
  2. Siempre hay algo recibido en el principio.
  3. ¿Dónde reside el peso principal de mi poema? Balancear la construcción del conjunto, las imágenes específicas, el aspecto intelectual, el sentimiento, la intuición. De preferencia no quedarse en un solo nivel.
  4. La poesía como destilación y condensación, empaquetamiento de significados. Un peligro al que nos enfrentamos es exagerar con la condensación. Entre dos polos: decir demasiado y recortar demasiado.
  5. Funciones de la retórica: sorprender, informar o enseñar, proporcionar entretenimiento, instar al bien. El discurso en verso es una rama de la retórica. En ese sentido, son lícitos tanto los poemas que juegan y sorprenden como los que hacen pedagogía, tanto los que entretienen como los que moralizan y animan a la acción política.
  6. La dosis hace el veneno.


Las reflexiones citadas son fruto de la discusión de textos compartidos por Jakub Grabiak, Kacper Uss, Alicja Bagińska, Kamil Hyszka, Beata Rokosz, Maria Czekańska, Maciej Skalik y Alhelí Málaga, en el marco de los Talleres Literarios de Verano facilitados por el poeta Miłosz Biedrzycki/MLB.